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Ficha técnicaEditar

Aquí se construye (parte 1 4)18:54

Aquí se construye (parte 1 4)

Tiene 3 partes más para verla completa

Director: Ignacio Aguero

Guión: Ignacio Aguero

Dirección de fotografía: Inti Briones

Año 2000

SinopsisEditar

Lo que retrata Agüero en Aquí se construye es la desaparición de un barrio residencial de un biólogo, uno de los pocos vecinos nativos que sigue viviendo en una casa de la zona (cuyo jardín "selvático"era considerado el zoológico de la manzana), se convierte en protagonista obligado del documental. Rodeado de edificios ve impotente como el ruido, las sombras y el asfalto van arrinconando su hogar convirtiéndolo en un oasis, en el forzado símbolo de la individualidad contra la alienación. Como en esas culturas que edificaron sus urbes sobre los cimientos de las metrópolis antiguas, el repoblamiento y esta supuesta modernidad arquitectónica son una forma de dominación. Dominación no sólo porque destruyen una morfología, sino porque liquidan un modo de vida, atacando a la misma memoria emotiva de la capital. Con el tiempo toda ciudad se ve obligada a mutar ante el crecimiento de su población, pero resulta incomprensible que el método que utilice sea destruir el paisaje de su infancia.

ComentarioEditar

Lo que retrata Agüero en Aquí se construye es la desaparición de un barrio residencial de Santiago por un conjunto de edificios de departamentos. Sin entrar en detalles informativos de tipo periodístico ni hacer juicios, Agüero va mostrando como agoniza y renace –homogeneizado y cosmético- este sector habitacional. La puesta en escena es la de una ciudad bombardeada . Una ciudad en ruinas que se reintegra sin dejar rastro o huella del pasado, arrasando todo vestigio de lo que hubo antes.

Un biólogo, uno de los pocos vecinos nativos que sigue viviendo en una casa de la zona (cuyo jardín "selvático"era considerado el zoológico de la manzana), se convierte en protagonista obligado del documental. Rodeado de edificios ve impotente como el ruido, las sombras y el asfalto van arrinconando su hogar convirtiéndolo en un oasis, en el forzado símbolo de la individualidad contra la alienación. Como en esas culturas que edificaron sus urbes sobre los cimientos de las metrópolis antiguas, el repoblamiento y esta supuesta modernidad arquitectónica son una forma de dominación. Dominación no sólo porque destruyen una morfología, sino porque liquidan un modo de vida, atacando a la misma memoria emotiva de la capital. Con el tiempo toda ciudad se ve obligada a mutar ante el crecimiento de su población, pero resulta incomprensible que el método que utilice sea destruir el paisaje de su infancia.

Mientras en el resto del mundo se intenta conservar intactos barrios antiguos, aquí se botan sin respeto alguno, como si fuera necesario catalogar patrimonio cultural cualquier sector urbano para evitar su demolición. No cabe duda –y no es una novedad para nadie- que los criterios que valen hoy en Chile para determinar el desarrollo son puramente económicos. Por eso Agüero no se enmaraña en un discurso archisabido que atacaría ese desarrollo cuestionando su capitalismo salvaje. Del mismo modo que cuando con ritmo pausado narra el largo viaje de los obreros a la obra desde sus viviendas rodeadas por el barro, y no hace una obvia crítica social. Simplemente Agüero muestra lo que es: una paradoja. Al filme sólo le interesa expresar el dolor de la pérdida desde un prisma sobrio, sin lágrima, y encuentra de ese modo un argumento de mayor hondura antropológica (y poética) que cualquier cinta sobre tribus africanas. De hecho, resulta divertido como el mismo director pregunta en forma casi ingenua al biólogo sobre unos bichos que colecciona y sobre la verdadera utilidad de estudiarlos. Como si ese mundo fuera algo ajeno de un mundo "moderno" donde sólo se impone lo práctico, donde lo básico y pequeño no tiene sitio.

La austeridad de la cámara de Agüero es un lujo. Hubiera podido mostrar de modo mucho más intenso la agonía de la madre del biólogo que se extingue hasta su muerte mientras avanza la edificación. Pero no. Agüero lo hace con distancia, con respeto, sin entrometerse en el dolor de la familia y sin chantajear emocionalmente al espectador. Algo que se agradece si se le compara a la imposición sentimental de otros documentales del mismo período (como La memoria obstinada de Patricio Guzmán, interesante filme, aunque demasiado autoreferente, que en algunos pasajes obliga al espectador a emocionarse –ilustrativa es la escena de un grupo de jóvenes que lloran histéricos después de ver La Batalla de Chile y que además incluye una vergonzante arenga final a cámara –aconsejando a la juventud- del actor Ernesto Malbrán). Por el contrario, las sosegadas imágenes de Agüero encuentran una sensibilidad pura, sin discursos y sin premeditación.

El biólogo está en su reducto. Es un antihéroe, un sobreviviente, pero también un soldado derrotado que sólo espera el momento de su rendición. Un inquilino del nuevo edificio y el biólogo se miran como dos extraños, como dos miembros de distintos mundos que no pueden convivir y donde inevitablemente uno se impondrá sobre el otro. Santiago es una ciudad que no sabe mirarse al espejo. El afán de renovación es tan grosero, tan insensible que causa escalofríos. Quizás por eso el mayor elogio que se pueda hacer a este documental es que parece una película antigua. Quizás por eso también, en el futuro, el filme no sólo tendrá validez por sus valiosos hallazgos cinematográficos sino por ser un documento de un mundo que se perderá irremediablemente, de un paisaje que ya no vivirá más que en la memoria.

Jorge Morales Publicado en Revista Páginas Chilenas N-4 (2001)

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