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BiografíaEditar

Antonio Acevedo Hernández (1887-1962) Nació en Tracacura, aldea situada cerca de Angol, en 1886. Fueron sus padres Juan Acevedo Astorga, minero y María Hernández Urbistondo, campesina. Su padre había sido aventurero, contrabandista, y en el 3° de Línea de la Guerra del Pacífico, ferroviario. Y allí se encontraba cuando la línea central del ferrocarril, despertaba las dormidas poblaciones sureñas.

Antonio pasa una infancia sin horizontes, o tal vez con muchos horizontes, en el ir y venir de un padre con muchos oficios y ninguna profesión. Juega junto a otros niños que se han de perder en la vida, cuyos nombres no se han de grabar en el recuerdo ni en el tiempo. Pero no todo ha de ser diversión; se exige su aporte material a las faenas, lo que crea dificultades en el hogar. Esos disgustos lo hacen huir de la casa y en un carrito ferroviario llega a Loncoche. Lo recordó más tarde: “Fue cuando tenía diez años y era dueño absoluto de mi vida y, desde luego de mis acciones. Seguí a una caravana de Hacheros, que iban a derribar árboles para abastecer un aserradero, a cuya causa le debo haber visto por primera vez el perfil sugestionable de la aventura”. Allí conoció hombres definidos que le dieron pauta para sus personajes escritos. Muchos nobres y apodos de ese entonces se vieron animados sobre la escena en los años venideros. Con ellos vivió doce meses, pero el recuerdo lo hace volver al hogar. En él enontró que su padre había marchado a Santiago en su búsqueda. Allí tenía algunos parientes donde podía llegar. En su casa Antonio no es recibido como hijo pródigo, por el contrario, se le recrimina su carácter indócil y la ligereza de sus decisiones. Vuelve a partir por los caminos comenzando su vida de vagabundo. Desempeña todas las labores de un niño sin hogar. En los meses de estío duerme bajo las estrellas y en los cobertizos en las noches de lluvia. En Chillán encuentra a un hombre de corazón (Juan Madrid), con quien inicia su formación y a los doce años rinde sus estudios primarios. Mientras, trabaja de cargador, vendedor de la feria, obteniendo su primer oficio profesional. Su inquietud no le permite quedarse y abandona Chillán para viajar a la capital. Camina cuatro días sin comer hasta llegar a Linares donde, un conocido de su padre, empleado de los ferrocarriles, le proporciona un pasaje de tercera pero no se preocupa de su alimentación. En el tren, en estado semiinconsciente se acomoda; en la estación de Rosario sube una campesina con su pequeña, se fija en la mirada angustiosa de Antonio y comprende su situación. Separa sus mandíbulas apretadas con la punta de un cuchillo y le da de beber unas gotas de vino y un vaso de leche. Le da masajes a la cara, le ofrece caldo y el niño vuelve a la vida. A los dieciseis años de edad se encuentra en Santiago. Bullía la literaria generación del 900 en que figuraban el bohemio poeta Pedro Antonio González, Carlos Pezoa Véliz, Santiván, Pedro Prado, D'Halmar. Antonio prefiere otra generación: la de Recabarren. En 1903 participa en una huelga portuaria en Valparaíso, después, en una ferroviaria en Caleta Abarca. En 1905 en otra, en la capital. En estos movimientos conoce en 1913, a Domingo Gómez Rojas. "Yo era un desorientado, un obrero que había sufrido mucho y que buscaba la manera de expresar mi protesta. Hecho el balance de mi sufrimiento y extraído el vino de esa vendimia sólo habla acopiado un drama: En el rancho, un drama de dolor del inquilinaje y algunos apuntes para otros dramas, la manera única que pude encontrar para comunicarme con los demás. Gómez Rojas era estudiante. Moreno, fino de facciones, alta frente, espesa cabellera, boca fina, sensual e irónica, ojos pequeños e incisivos, voz acariciadora y ademán definido, me llamó la atención, y a pesar de mi desconfianza hacia los seres humanos, que he conservado hasta ahora, me acerque a Gómez." Domingo Gómez Rojas lo lleva a su casa, le presenta a su madre y comparten la mesa. "Nos hundimos en el arrabal. La calle San Diego, Victoria, bordeada de canciones báquicas, de flores, de puñal, de llamados de pecadoras. Fango, obscuridad, estrellas estranguladas por una noche negra y pesada. Llegamos. Penetramos por una gran puerta. Salió una señora, la madre del poeta, la que llenó sus últimos poemas, la que endulzó todos sus instantes." Gómez lee su obra. Se entusiasma. Hay que darla, le dice. Y comienza la batalla por ofrecer la pieza, por mostrarla. El público poco quiere saber del teatro de comedia. Está embebido en las tandas de las zarzuelas chicas. Todos quieren cantar y no saber nada de los problemas sociales. Mientras tanto, Antonio Acevedo trabaja cono empleado en una tienda, incursiona en el Registro Civil, también realiza algunos matches de box. Es contratado por una compañia teatral para barrer los camarines y atender los mandados de los artistas. Un día le dan un pequeño papel hasta llegar a otros de mayor importancia. Se va, pero ya ha conocido el teatro y se lo lleva en el alma. En un episodio que vivió en Longaví está inspirado su drama En el rancho. Vio a varios perros comerse una oveja, el patrón acusa a un inquilino que se la ha robado. Antonio declara en favor del inquilino pero no se le escucha y por haber testificado a favor del inocente es amarrado y azotado. El patrón es pariente materno. El drama se estrena en el Teatro Coliseo la noche del 24 de diciembre de 1913, La compañía es formada por Adolfo Urzúa Rozas con artistas chilenos. Con él nace el teatro social. Se inicia una gira por los barrios y en el Teatro Excelsior el público obliga a repetir la obra la misma noche. Están junto a él en ese género Anrelio Díaz Meza y Juan Manuel Rodríguez. En 1914 estrena El Inquilino y más tarde La Peste blanca. En 1915 pone en escena Almas Perdidas y escribe Carcoma, aún sin estrenar. En 1916 Camino de flores, en un acto y en 1917, Espino en flor, en dos actos. En 1916, en el teatro Coliseo, mientras se presenta Almas Perdidas, entra la policía y detiene al autor y a los artistas. El drama es una fuerte crítica social. Mientras tanto los grupos literarios no le perdonan sus éxitos. Lo atacan en artículos y consiguen caricaturas. En una revista aoarece escribiendo con un serrucho. No pueden sufrir que un carpintero invada sus dominios. No le dan cabida en los cenáculos ni en las páginas literarias. En 1918 estrena Irredentos, señalado por el autor como teatro político. Ese mismo año estrena en el Esmeralda Homicidio, que provoca gran desorden dentro del teatro que culminó en una verdadera batalla campal. En el año 20 de agitaciones sociales y de Cielito Lindo, Alessandri y Acevedo Hernández se dan la mano y planifican el teatro popular al aire libre, pero los asuntos materiales de la política pueden más que las cosas del espíritu y todo no pasó de buenos propósitos. Pero Antonio Acevedo cumple ese año anhelos, que era el de muchos dramaturgos de la época: pasa al centro. En el Teatro Santiago, La Compañía formada por Enrique Báguena, Evaristo Lillo y Elsa Alarcón, le estrenan Por el atajo, drama en cuatro actos, perteneciente a la trilogía del teatro chileno que integran Agua de vertiente, en 1925 y Árbol viejo en 1927. El estreno de Por el atajo se realizo el 9 de abril del año indicado y actuaron Laura Palacios. Elsa Alarcón, Pilar Mata, María Quezada, Italo Martínez, Enrique Báguena, Juan Ibarra, Leoncio Aguirrebeña, Nicolás Olmedo, Enrique Sigol, Evaristo Lillo, Pepe Martínez, José Martínez y Juan Suasi. También el año 20 publica sus novelas Raza fuerte y Piedra Azul. En 1921 surge Canción rota, que fue estrenada el 1° de mayo en el Teatro La Comedia y en la que actuaron María Planas, Rebeca Retes, Elena Puelma, Catalina Lassen, Enrique Báguena, Italo Martínez, Asrturo Bührle, Juan Tenorio, Enrique Sigol, Luis Muñoz, Mario Rojas, José Macías Senén Alvarez, José Betancourt, Amado Martín y Luis H. Campillo. En 1925 publica Angélica, obra con la que queda incorporado a una antología estadounidense. En 1927 mientras viaja con su propia compañía teatral, estrena Caín drama biblico.Incursiona en el sainete publicando De pura cepa, Cabrerita, Un dieciocho típico, todos en un acto y Cardo negro, en tres.En una entrevista que se le había hecho, reconoce que su primer editor fue el poeta Samuel Lillo. En 1929 viaja a Copiapó donde trabaja junto a los mineros. Con este material publica en 1931 Croquis chileno . A la caída del presidente Ibáñez estrena Los deportados, que también provoca disturbios dentro del teatro. Uno del público disparó al que hacía de policía. En 1932 escribe El gigante ciego en tres actos; El milagro de la montaña, Joaquín Murieta, Madre una vez y Chañarcillo.


En 1933, Acevedo, investigador folklorista, publica Los cantores populares chilenos yentrega su segundo drama bíblico La cortesana del templo. En 1933 el ensayo La cueca. En 1936 la novela histórica La guerra a muerte. En 1937, vuelve al teatro con Los caminos de Dios; el 38 publica Las aventuras del roto Juan García. El periodismo lo recibe y comienza a aparecer su firma en Zig-Zag, El Mercurio, La Nación, Los Tiempos y otros órganos de publicidad. En 1939 trabaja en Las Ultimas Noticias que dirigía Byron Gigoux James, quien lo envía al norte. De su búsqueda incansable publica Leyendas chilenas. Ese mismo año Canciones populares chilenas. En 1940 se estrena su sainete Las luminarias de mayo. En 1941 escribe Pedro Urdemales. Figura en el Diccionario de Oxford de Londres y desempeña labores de profesor universitario en algunas Escuelas de Temporada de la Universidad de Chile. Viaja a Polonia y le estrenan Los caminos de Dios, en 1955, sin conocerse aún en Chile. Visita París. En 1953 recibe el Premio de Labor Teatral y antes el Premio Ateneo de la Universidad de Concepción. Los caminos de Dios, El torrente, Cuando la muerte habló y El triángulo tiene cuatro lados, son obras inéditas para nuestro público. Otras obras de Antonio Acevedo Hernández son: La hora suprema, un acto, 1911; A comprar materiales, un acto, 1911; Navidad, comedia en un acto, 1918; La familia de don Zenón va al cine, juguete cómico, 1918; El laberinto, comedia, 1920; Santiago en solfá, revista, 1920; Ha salido el sol, comedia, 1922; Huelgomanía, sainete en cuatro cuadros, 1926; Rosas, diálogo poético, 1927; ¡Quién quiere mi virtud!, comedia en un acto, 1929; Los payadores, sainete en tres actos, 1931; Los que olvidaron los Reyes Magos, teatro infantil en un acto, 1933; La cruz de mayo, sainete campero en un acto, 1935. En colaboración con Domingo Gómez Rojas escribió El vino triste, drama, 1922; con Mariano Latorre, Huinca, drama en tres actos, 1941 y con Juan Gálvez Rivas, Plaza y la Maratón, 1927. El nombre de Antonio Acevedo Hernández también figura en nuestro cine. Su actividad dramatúrgica no lo pudo marginar de esta inquietud, que mucho prestigió a Chile en años ya idos. El 22 de mayo de 1923 se estrenó en los teatros Septiembre, Esmeralda y Brasil, la versión cinematográfica que él dirigió, de Almas Perdidas, en la que actuaron Hilda Blancheteaux, Manuelita Fresno, Humberto Onetto, Rosa Acevedo Hernández, Alma Zinska, etc. También dirigió en 1924 Agua de vertiente, quo estrenó en el Teatro Brasil, en la que actuaron entre otros Hilda Blancheteaux, Manuel Sánchez, Gustavo Quezada. Alfredo Adduard, Víctor Martínez, Pedro Orrego y María López. En 1943 Isidoro Navarro dirige su tema Árbol viejo, interpretada en sus roles principales por Enrique Barrenechea y Eglantine Sour, actuando además, Américo Vargas, Rodolfo Onetto, Gerardo Grez, Andrea Ferrer, Rodolfo Martínez, Luchita Botto, Albina Saavedra, Amparito Landaeta, Jorge Quevedo, Alma Montiel y otros. La dura infancia y el incesante quehacer en la vida fueron minando a este luchador. La arteriosclerosis lo hará perder sus facultades intelectuales. En reconocimiento el Congreso le otorga una pensión, que si no valora su prestigio por lo menos le proporciona un mediano pasar. Un día sale a la calle y no regresa al hogar; se le busca. Un policía lo había encontrado ¡y sin conocerlo! lo dejó detenido con parte de ebrio. Nathanael Yáñez Silva recordó este episodio en La Nación del 4 de diciembre de 1962: "Hace más o menos seis meses, cuando leí en los diarios que Acevedo Hernández se había perdido en las calles de Santiago, dije: efectivamente, el admirado amigo y compañero ya está perdido. Se le encontró, sin saber la policía quien era. No está obligado el carabinero a tener cultura literaria. Le basta tener civilidad y abnegación. El caso de la muerte o fusilamiento de García Lorca. Los civiles no supieron a quien fusilaban, que si hubiesen sabido, posiblemente lo fusilan más rápidamente." Es la última vez que hace noticia antes de su muerte, acaecida el 1° de diciembre de 1962, a los 76 años de edad. "Un sobrino mío me dijo que acababa de oír en la radio la triste noticia del fallecimiento de Antonio Acevedo Hernández. Y me eché a pensar: la presentía, pensaba en ella desde aquel congreso de autores, pasado, hace dos o tres años, última vez que vi a Acevedo Hernández. "Ocupaba uno de los bancos. Le observé triste, callado, no habló una sola palabra durante toda aquella sesión: él, que era tan bullanguero en estas circunstancias, tan inconformista, tan pintoresco y tan simpático dentro de cierto ángulo con que se mira a los autores. Está enfermo (me dije) pensé, más bien, al verlo pálido y, sobre todo, tan silencioso. Estaba muy peinado hacia atrás, arreglado, con las manos cruzadas, como quien va a hacer la primera comunión. Tomaba alguien la palabra, y el sólo miraba al orador, sin hacer ninguna demostración ante este acto, indiferente. Y volví a pensar: Acevedo, que era tan bullicioso, que las emprendía con cualquiera, porque sí, que nunca pedía la palabra a un presidente de la Satch, sino que se las tomaba, para hacer interrupciones muchas veces graciosas, pero las más, atrevidas y llenas de orgullo. "La arteriosclerosis!” se me vino a la mente. No se cura, no ve médico. No tiene para hacerlo. Y la deja estar, mejor dicho, la deja que haga su labor matadora..." Antonio Acevedo Hernández estuvo siempre al lado de la juventud que encontró en él a su guía y maestro en las duras tareas de escribir. Hombre cordial, sencillo y humano, su obra se agranda al correr de los años y su nombre ya ocupa el lugar que le corresponde en la literatura nacional. El devenir de la vida lo llenó de hombría que le dio fuerzas para enfrentar la realidad humana y el egoísmo. Se le negó, se torcieron sus mensajes y se le apartó. Su teatro presentó el sufrimiento y las lacras sociales. Ya no más el roto borracho pero alegre y dicharachero que otros ofrecían. Ya no más el peón "botado a diablo". Ahora Antonio Acevedo Hernández ofrecía el problema real del campesino, la tragedia de las fábricas, del alcohol y del conventillo. En sus dramas y sainetes estaba el inquilino que con su mujer e hijos formaba parte del patrimonio que con la tierra heredada le daba derecho a disponer al patrón. Se encontraba la cruda realidad del conventillo chileno que fue el hogar del pueblo, la tuberculosis, la desnutrición. Sus funerales fueron grandiosos. Lo único grandioso que tuvo en su vida. Masas de gentes se apostaron en las calles y arrojaron flores al paso del féretro. Despidieron sus restos en el Campo Santo representantes de todas las condiciones políticas y ramas sociales, recibiendo así su cuerpo sin vida los honores de los más grandes, de aquellos que muchas veces quisieron negarle el derecho a la vida. Fuente


FilmografíaEditar

Agua de vertiente (1924)


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